Visitas

Mostrando entradas con la etiqueta ESTACIÓN DE TREN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ESTACIÓN DE TREN. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de octubre de 2015

El tren

Absorta tras los cristales de la pequeña cantina de la estación, vió como partía y se alejaba el último tren del día.
Había decidido acudir a la llamada del hombre que le prometía una vida de felicidad.
Metió en la maleta su pobre y escasa ropa y las ilusiones y deseos de toda una vida.
Y así, haciendo balance de ésta, iba camino a la estación,sintiendo como los latidos de su corazón parecían decirle: ¡quédate…quédate!....y así fue.

Fali de los Santos

jueves, 12 de marzo de 2015

13 MARZO 2004



Me llamaron al tren para decirme que fuera a casa directamente porque ya había muerto. Me alegré de no ver su agonía. Ya  me había despedido de ella. Hacía una semana que pasamos un día entero solas. Estaba tan lúcida para sus 96 años.
En Atocha me impactó el olor a cera. En el hall cientos de velas encendidas, flores marchitas, peluches, fotos… 
Lloré, lloré desconsoladamente por mi abuela y por los 192 pasajeros que habían muerto en el atentado.

Teresa Armida

sábado, 28 de febrero de 2015

el reloj

Comienza otro día eficiente. Me gusta llegar esos minutos antes a la estación, robados a mi tiempo organizado. Miro al reloj que se vuelve blando, moldeable, y a su través cruza un tren que circula sin vías y hacia arriba; en el que viajo por mares verdes y paisajes amarillos. Hasta que me despierta esa voz estridente: ¡Regent’s Station!. Me coloco la gabardina y la aliso cuidadosamente. Con las arrugas se va mi viaje y retomo el día eficiente.




Nos vemos en la estación


Autora: Teresa Armida

Cada mañana, de lunes a viernes, coincidía con mi vecino, para ir a la estación de cercanías. Enrique tenía la edad de mi padre y un manifiesto problema con la bebida.

Me hacía la encontradiza con él para, disimuladamente, ayudarle a cerrar la puerta de su casa. Era tal el temblor de sus manos que era incapaz de meter la llave en la cerradura. “Trae que cada día ves menos” le decía y ambos echábamos a andar hasta la calle principal que nos llevaba a la estación.

A unos trescientos metros había un bar y él se paraba con la excusa de comprar tabaco, me pedía que yo siguiera caminando y unos minutos después me alcanzaba.

En el torno de entrada de la estación, él ya tenía el pulso firme como para meter el bono en la ranura, la dosis de aguardiente que le tenían preparada en el bar cada mañana era suficiente para mermar aquellos alcohólicos espasmos.

jueves, 26 de febrero de 2015

EN LA ESTACIÓN DE TREN




Por favor, no te vayas… Sin tu presencia no soy nadie.
Te necesito cada noche a mi lado respirando el mismo aire con tu cuerpo como una prolongación del mío.
No voy a ser capaz de seguir adelante y no te lo digo como una amenaza sino como la garantía de que siempre podrás contar con mi amor.
No me dejes. Qué sentido tiene mi vida sin saberte a mi lado…
Me miró con pena, cogió su maleta y se subió al tren.

Autora: Teresa Armida


LA ESTACIÓN DE LA VIDA



Mi pueblo tenía una estación de tren. Cuando el sol suavemente acariciaba los almendros en flor, y las amapolas y margaritas adornaban las cunetas, llegábamos hasta allí en bicicletas. Se divisaba a lo lejos la silueta serpenteando entre los campos verdes de trigo y de centeno, entre centenarios olivares y jóvenes viñedos. Jugábamos a ser mayores, a subirnos a cualquier vagón, a soñar. Hoy intento regresar. Ya no hay parada. Trenes modernos pasan de largo entre los grises polígonos industriales...

miércoles, 25 de febrero de 2015

NÁUFRAGOS



La alegre pandilla que habíamos formado en pocos días, se deshacía. Cada uno volvía a su hogar, a su lugar, a su mundo. Nos habíamos unido, por arte del destino, un pequeño grupo de viajeros; y juntos descubrimos una ciudad nueva, pateando sus calles, compartiendo sus sabores distintos, apreciando las novedades que contenía.
Entre abrazos y besos, en una estación de tren, nos despedimos. Con las emociones exaltadas, prometimos escribirnos, llamarnos, no perder el contacto.
Por supuesto no fue así, Esa pequeña isla había surgido de la nada y se disolvió de nuevo en la nada al volver a pisar tierra firme

lunes, 23 de febrero de 2015

ESTACIÓN DE TREN

Como la pobre Penélope me siento en el andén de la estación y veo subir y bajar a los viajeros. Espero si, pero nadie especial llega en esos vagones.
Un anciano pelea con un bastón y una pequeña maleta para subir los altísimos escalones. Una joven madre corre tras sus niños que juegan a pilla pilla entre la gente. Algunas familias se reencuentran y se saludan de forma efusiva y otras apenas se saludan con un movimiento de cejas. La fauna sigue unas pautas, van llegando poco a poco o de golpe y de repente todos se marchan y me quedo sola en el andén.

¡Hay que ver lo mala que es la Sole!

Autora: Teresa Armida